JANE EYRE EN MADRID

 

             Último día en la capital española. Día de librerías. Despido a mi compañera de viaje que irá de excursión a Toledo y me quedo aquí. Quiero volver a visitar La Central y conocer Tipos Infames. La primera, un local instalado en una casa antigua, con escaleras gastadas que llevan a las distintas secciones, ha incorporado un amplio bar. Del techo cuelgan espigas, y en las mesas brotan animadas conversaciones entre bibliófilos. La segunda librería –de alma y dirección joven según una escritora amiga que vive en esta ciudad– es referente de la movida literaria madrileña.  Además, en el plan de paseos de este último día, está el teatro. Gracias a otra viajera con contactos en Barcelona, me entero que estrenan Jane Eyre. Una autobiografía, en versión de Anna María Ricart, con dirección de Carmen Portaceli.

 

            Después de disfrutar de la mañana en La Central y permitirme una pequeña orgía de lectora suelta, cargada de media docena de libros, paso por el departamento de la calle Pez  y sigo camino por las callecitas de Malasaña rumbo a Tipos Infames. Moderna, despojada, en una sola planta y mucho más pequeña que La Central, la librería cuenta con unas pocas mesas negras y algún espacio anexo, escondido detrás. Pido café. Saco fotos. Encuentro una edición de Zama expuesta sobre la barra. Pregunto por otro libro que ha insistido en llegar a mí en comentarios y lecturas: los Ensayos de Montaigne Me  alcanzan una edición de tapa dura. Pesa como un ladrillo. ¿Cuántas páginas tiene? ¿1700? Lo hojeo en diagonal. Cada párrafo me decide más. Sí, lo quiero.  ¿Encontraré el tiempo para leerlo? Sé muy bien que por ahora estará en una mesa de luz utópica, a la espera de épocas menos exigidas. Pero quiero estos ensayos, los quiero. ¡Ay! ¡El libro es tan pesado! Lo reservo, tal vez pueda retirarlo después.  Ya es hora de irme si quiero llegar al teatro. Corro, tomo el metro. Bajo en Tirso de Molina. Llego a una plaza abierta y, por fin, allí está el teatro. ¿Qué habrán hecho con Jane Eyre? me pregunto, prejuiciosa, mientras me acerco a la entrada. Es tarde. Cierran las puertas. Sin embargo, me derivan a la boletería: ¿Le parece bien, segundo palco, arriba? Claro que sí. Subo, aterrizo. Acalorada y con unas calzas que me hacen sentir mal vestida, me instalo en la butaca mullida que me espera en la oscuridad. Sola en el teatro. Por primera vez. La ubicación es privilegiada. La obra acaba de empezar.

 

            El teatro Español, un pequeño Colón, clásico, lujoso, luce su luminaria central, sus dorados y  tapicerías carmesí. A un lado del escenario, dos mujeres tocan el violonchelo y el piano. La puesta es moderna, despojada, minimalista. Los personajes, vestidos de riguroso negro, se mueven sobre un fondo blanco, neutro.  Algún mueble aquí, allá. La novela, desplegada en escenas, transcurre ágil, fluida. Las actrices entran y salen cambiando de roles. Sólo Jane Eyre es ella, la misma siempre.

            La obra va llegando al final. Entonces, un cuadro inesperado me sorprende: la versión de la puesta de Anna María Ricart incorpora la voz de Bertha, la mujer de Rochester, supuestamente loca, encerrada por su marido. Y Bertha habla. Es una voz doliente, coral, que aúna las de tantas mujeres tildadas de locas durante siglos, encerradas a conciencia por un sistema que no quiso y aún no quiere escuchar ciertas verdades. No lo deja muy bien parado al muchacho, objeto del amor de Jane. Más tarde, sin embargo, viene el esperado final feliz de la novela, el triunfo del amor de la pareja, ahora sí, incendios y herencias mediante, en paridad de condiciones.

            Los actores saludan. Ovación.

            El espectáculo ha sido de una sobria belleza. La adaptación ha incorporado, acaso, elementos de la novela El ancho mar de los Sargazos  de Jean Rhys. Para los que estamos en esta función –y obviamente para quienes leyeron a Rhys– el final romántico será distinto a partir de este momento. No tan romántico, no tan feliz. La historia se tiñe de otros matices cuando escuchamos lo que tiene para decirnos Bertha acerca de Rochester, el amado de Jane y el porqué de su encierro. El romanticismo y sus espejos falsos siguen desdibujándose. Se avistan nuevos horizontes, más verdaderamente amorosos, realistas.

            Salgo a la plaza, ahora iluminada, llena de gente bebiendo y comiendo al calor de braceros como candelas gigantes. La rodean edificios vestidos por destellos de reflectores azules, blancos, rosados. Madrid es una fiesta, pienso una vez más desde que comenzó este viaje. Me acerco a una fuente. He visto Jane Eyre en teatro. Mis oxidados prejuicios me avergüenzan. Caen sin cesar, como los chorros de agua al estanque. Luego me enteraré de que el Teatro Español se dedica hace un tiempo a la presentación de espectáculos de vanguardia. Y si bien no soy crítica de teatro, éste ha sido de calidad,  lo juraría.

            Vuelve a cruzárseme la historia de Jane, un personaje que no admite el maltrato y posee un notable espíritu de superación. La misma obra que no pude apreciar de niña en una adaptación infantil y disfruté más tarde, en su versión completa, en el Viejo Hotel. Ni la chica de la novela de Brontë ni yo somos las mismas.

            Es la primera vez que estoy del otro lado del Atlántico después de cinco largos años. Recuerdo las palabras del abogado poeta que me asesoró, durante una consulta, en un bar, cuando yo era aún –literalmente– un alma en pena. Resuenan esas palabras ahora, que las imágenes de Jane Eyre en teatro se suman al clima de fiesta en Madrid, de la fiesta continua en que comienzan a convertirse estos días de vita nova. El abogado ¿o fue el poeta? con una sonrisa cálida como el sol, dijo entonces:

            –Creelo, hay vida después de la separación.

 

María José Eyras,  1º de mayo de 2019

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