Fragmentos de la novela Nada que no quieras (inédita) de Angie Pagnotta

I.

¿Por qué será que, tan solo con ver algunos gestos y recordar algunas formas podemos transportarnos al momento exacto donde todo aún tenía sentido?

En los ojos de Martín puedo ver rastros del segundo antes en el que los dos empezábamos a gustarnos, ese momento exacto en el que la latencia del corazón se precipitaba feroz. Sin embargo, en tan poco tiempo, lo que hoy me devuelven sus ojos es residuo de la arenilla del dolor, del tiempo perdido, del derrumbe. A veces me pregunto dónde se depositará su sonrisa real —no la que muestra a los demás—, dónde anidará la chispa o en qué elemento descargará su alegría.

¿Dónde está todo el fuego?

Martín solía ser algo que —y así fue desde el primer encuentro en serpiente—deslumbraba. Con el tiempo me fui trasformando y su fuerza me desenterró de la agonía en la que yo misma estaba. Es paradójico porque sin saberlo, él iba a ser luego el que se iba a enterrar y el que se iba a terminar de hundir —tal vez— para siempre

II.

Con el rímel corrido por las lágrimas, se mira al espejo y se pregunta ¿qué es el amor? ¿qué carajo es el amor? Trata de corregirse el maquillaje con las manos pero lo único que logra es desparramarlo aún más. Lo que está manchado, así queda, así está.

Desde la habitación su cliente le grita que lo disculpe, que él no sabía, que no tenía ni la menor idea de nada. Ella le repite dos veces que está bien, con un tono monocorde, como quien respira y habla por inercia. El rímel de sus ojos sigue tan corrido como antes, o tal vez peor. Abre las canillas y se tira un poco de agua fría en la cara. Gotea agua sobre escote y el mármol del vanitory. Se mira al espejo y gira la cabeza negando, como negandosé. Se seca la cara con el costado de la toalla que encuentra más limpio, la cuelga lento y sale con una sonrisa. ¿Qué pasó?, dice su cliente con el tono de un niño que se portó mal. Todo bien, todo bien, repite Victoria mientras un sorbo de saliva es un manantial en su garganta ahorcada.

III.

Hago trampas en el espejo y me saco el día en cinco algodones que —meticulosamente— uso y dejo sobre el mármol del baño. El día cabe en esas esferas circulares de nube, donde arrojo furias, enojos, pasiones, oficios y amores. Todo parece naturalmente simple (o así lo quiero creer, y así lo escribo) y en verdad, todo tiene el peso muerto de mil dagas: trampas del espejo. Allí, entonces, siento el peso de mil tormentas que son las que —en verdad— cargan las nubes, esos pequeños trozos de esferas de cielo, esas pequeñas porciones de mí misma que tiro, circulares, a la basura.

VI.

Acallar las voces con la voz de mi consciencia. Eso me debo.Dejar al témpano latir como si no hubiera nada más. Eso también. Lo prohibido me asecha, de noche, me asecha. A veces veo en la pared repintada de blanco los fragmentos de las partes de algunos de los cuerpos que tuve conmigo, a veces, también, se pierden en el silencio como si esos cuerpos o esos fragmentos ya no fueran míos. A lo lejos, de fondo, se escucha el tren y me pregunto qué otros silencios, qué otras formas y qué otros deseos caerán en la boca y en los ojos de los que van sentados, enfilados, en las butacas azules del Sarmiento.

*Fragmentos de la novela Nada que no quieras (inédita)

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