JESÚS – Relato de Paul Barros

JESUS

 La vida de Jesús está narrada en los Evangelios redactados por algunos de los primeros cristianos. Jesús nació en una familia pobre de Nazaret, hijo de José y de María. Por lo demás, la infancia de Jesucristo transcurrió con normalidad en Nazaret, donde su padre trabajaba de carpintero. Hacia los treinta años inició su breve actividad pública.

Se dirigió fundamentalmente a las masas populares, entre las cuales reclutó un grupo de fieles adeptos (los doce apóstoles), con los que recorrió Palestina. Predicaba una revisión de la religión judía basada en el amor al prójimo, el desprendimiento de los bienes materiales, el perdón y la esperanza de vida eterna.

Su enseñanza sencilla y poética, salpicada de parábolas y anunciando un futuro de salvación para los humildes, halló un cierto eco entre los pobres. Su popularidad se acrecentó cuando corrieron noticias sobre los milagros que le atribuían sus seguidores, considerados como prueba de los poderes sobrenaturales de Jesucristo. Esta popularidad, unida a sus acusaciones directas contra la hipocresía moral de los fariseos, acabaron por preocupar a los poderosos del momento.

Consciente de que se acercaba su final, Jesús celebró una última cena para despedirse de sus discípulos; luego fue apresado, al parecer con la colaboración de uno de ellos, llamado Judas.

Jesús fue interrogado por Pilatos, quien sin embargo, prefirió dejar la suerte del reo en manos de las autoridades religiosas locales; éstas decidieron condenarle a la muerte por crucifixión.

 

 SEGÚN JESUS

 

Creer es más fácil que pensar.

Ya de pibe era un bicho raro. Desde ese entonces comencé a forjar mi rebeldía. Veía a mi padre trabajando en una humilde carpintería que había montado con mucho sacrificio y no me interesaba seguir sus pasos. Algunos meses le encargaban decenas de distintos muebles, había otros que apenas dos o tres, y hubo meses que ni siquiera uno. Sea cual fuese la producción mensual, por obligación debía dar tributo al emperador. Sí, a veces no tenía ninguna entrada, pero la ofrenda no se podía soslayar, era sagrada. Una situación que no tenía ninguna lógica. Como para no rebelarse… Un día le pregunté:

—Padre: ¿Por qué debemos pagarle todos los meses a ese señor, inclusive si no vendemos ni un mueble?

—Porque es nuestra obligación.

Como precisamente estaba en la edad de los “por qué”, eso mismo le repregunté.

—Porque sí —me respondió.

Obviamente no quedé nada conforme con su respuesta.

Al mes siguiente, cuando vinieron los recaudadores del emperador mi padre no se encontraba en la carpintería, entonces yo los recibí.

—Este mes no tuvimos buena venta, además se nos rompió uno de los martillos. Por favor, les pido que le comuniquen al emperador que no tenemos nada para dar— rematé con voz segura.

Los dos hombres se fueron riendo a carcajadas como si les hubiera contado un chiste.

Cuando regresó mi padre, le conté orgulloso lo que había hecho. Me dio una tunda inolvidable y salió corriendo a buscar a los dos hombres para pedirles disculpas por mi atrevimiento, explicándoles que yo era un chico medio raro. Esa tarde me grabó una cicatriz para el resto de la vida, tanto en el cuerpo como en la mente.

A los quince años abandoné mi hogar. Por la que sentí un poco de tristeza fue por mamá, casi una santa que detestaba los placeres carnales (se había casado virgen y todo), pero me cansé de vivir en una comodidad tan precaria como aburrida. Sin avisar ni despedirme de alguien, salí a descubrir el mundo. Quemé las naves y no miré más para atrás. Encontrar las respuestas a todos mis “por qué”; en eso se convirtió el propósito de mi vida. Una noche comencé a caminar sin rumbo; mejor dicho, tome como referencia una estrella, a la que llamé “la estrella de David”. Esa era mi brújula. Claro, necesitaba un cielo despejado, en las noches de tormenta, con el cielo cargado de nubes, me quedaba quieto, esperando que el destino me siguiera guiando. Así conocí pastores, pescadores, doctores, sacerdotes, ladrones, guerreros… De todos aprendí algo, desde el más humilde hasta del más soberbio. Para conseguir comida y un lugar para dormir, reparaba muebles o enseñaba a niños mis conocimientos de carpintería. De ellos también aprendí; quizá los niños me enseñaron las cosas más importantes. A no dejarme llevar por las convenciones y los prejuicios, a ser curioso y encontrar nuevos amigos, a vivir despreocupadamente, a no darle importancia a las cosas materiales. Por eso dejaba que los niños vinieran a mí. Ellos, como no juzgan a nadie, no me miraban como si fuera poco normal. En cambio los adultos, sí. Porque yo ya me había convertido en un  hombre y no pertenecía ni a la mayoría trabajadora ni a la minoría poderosa. Le pasó a todos los profetas que me precedieron, todos fueron tratados como locos o charlatanes y terminaron ignorados a pesar de su sabiduría.

Claro, ellos eran sabios, pero no se dieron cuenta (a pesar de sus conocimientos) que trataban con ignorantes; personas con muy poca educación, sin capacidad para comprender y razonar. Como mi padre y miles más, que trabajaban toda una vida para ganar una miseria; pagando impuestos y rindiendo tributos tan arbitrarios como inaceptables. Observé que para lo que sí tenían una enorme capacidad (por su falta de conocimientos) era para creer. Sí, creían en cualquier cosa. Recuerdo una vez que estaba dando un paseo en barca con mis doce seguidores o discípulos cuando se largó una tormenta eléctrica. Los pobrecitos no sabían nada de truenos, rayos o relámpagos, mucho menos de corrientes marítimas, pleamar o bajamar. Se paralizaron, comenzaron a temblar como un niño asustado por el cuco. Imploraban, lloraban, pensaban que era el fin de sus vidas.

-Hacé algo maestro-me pedían suplicando.

Viajar sin un rumbo fijo ni una meta en particular me hizo aprender desde la práctica. Estaba curtido. En una precaria balsa ya había atravesado por mares, ríos y océanos en las condiciones más adversas que uno pueda imaginar. Entonces, utilizando mi experiencia en astronomía, en meteorología más precisamente, observé como el ventarrón cambiaba bruscamente de punto cardinal. Era cuestión de tiempo para que terminara la sudestada a causa de ese cambio en las corrientes aéreas; así se serenaría primero el cielo y las aguas minutos más tarde. Consciente de este fenómeno, me paré con seguridad en la proa de la tambaleante barca, alcé la vista al cielo levantando los brazos para exagerar la situación, e invoqué al Todopoderoso:

—Señor: sálvanos de esta muerte segura.

Como era de prever, el temporal se fue apaciguando poco a poco, mermaron las olas, y la calma se adueño de la noche: cielo estrellado y agua mansa. Para rematarla, los increpé en voz alta:

-¡¡¡¿De que temen hombres de poca fe?!!!

Aprovechando ese tipo de circunstancias, siempre nombrando al “señor que está en los cielos”, fui metiendo miedo y construyendo mi mensaje. En síntesis, lo que se me ocurrió (y me estaba yendo bien) fue crear una especie de nuevo comercio. El  “comercio de la fe”. Me di cuenta de que los seres humanos, en su gran mayoría, (yo me considero una excepción) son inseguros y temerosos; si a eso le agregamos la falta de inteligencia, nos encontramos con personas incapaces de pensar por sí mismas, carentes de autoconfianza, muy fáciles de manipular. Por eso les inventé el cuento de Dios y la fe; para que me siguieran. Los persuadí con el arma más letal que existe y existirá siempre: la palabra. Hablando los convencí de poner sus vidas en manos de Dios y obedecer su llamado. Eso les hice creer, que el destino del mundo, de cada ser viviente, está en manos de un señor que vive en el cielo. Él maneja todo, y cualquier cosa que nos suceda, buena o mala, será porque Él (sí, así con mayúscula) quiso eso para nuestra vida. Si es algo desagradable, será para fortalecernos; si en cambio se trata de un suceso placentero, debemos verlo como una recompensa por nuestra bondad. Entonces así, les justifiqué todas las penurias que pasaban en la vida de mierda que estaban obligados a vivir. Pensé en hablarles de política, desigualdad social, propiedad privada, derechos y obligaciones; pero no iban a entender un carajo y seguramente no me hubiesen llevado el apunte. Les inventé entonces una trilogía: Un Dios justo y misericordioso que nunca lo dejaría solos, a menos que no siguieran sus enseñanzas y se acercaran en cambio a Satanás o el Diablo. En ese caso los esperaría el infierno. Pero si seguían la palabra de Dios, les tocaría después de la muerte un “Reino de los Cielos”, junto al padre celestial. Con esto les metía en la cabeza que dar la vida por el Señor era un deber, que otorgaba el derecho a otra vida eterna mucho mejor en el cielo. Para otro componente del trio se me ocurrió darles una especie de espíritu o algo inmaterial. Le puse el nombre de Espíritu Santo (siempre me gustó la combinación de esas dos palabras). Y para no ofrecerles sólo intangibles, yo tomé en la Tierra el papel del hijo de ese Señor Todopoderoso: “El hijo de Dios”. Así quedó formada la trilogía: Dios padre, hijo y Espíritu Santo. Comencé a caminar por todos lados sin parar anunciando la novedad. De a poco, por imitación, me empezaron a seguir más y más personas; y así, contando parábolas que dejaban enseñanzas y moralejas en cada lugar, se fue engrosando el número de -inocentes- creyentes.

En Grecia leí por primera vez textos científicos. Conocí allí el legado de hombres notables, el de Hipócrates principalmente. También en China o La India adquirí instrucción clave para mi desenvolvimiento. Entonces, través de la experiencia y observación y con la ayuda de mis estudios de medicina y el conocimiento del cuerpo humano, inventé milagros y prodigios. Pero más allá de la preparación, lo fundamental fue mostrar convicción en mi actitud y no dejar espacio para la duda, ni siquiera para la más mínima (como cuando estábamos en la barca y se largó la tormenta). Estaban conmigo y se aseguraban entrar al Reino de los Cielos o arderían en el infierno. Blanco o negro. Para conseguir que se inclinaran por mi mensaje tenía que darles pruebas contundentes. Por ejemplo una vez pasó que a un tipo se le había salido el hombro de lugar. La gente espantada comenzó a alejarse del pobre aduciendo que estaba poseído por un demonio. Por miedo lo aislaron; al extremo que lo encerraron en una jaula para que así no pudiera lastimar o contagiar a nadie.

—No te acerques, no te acerques —me prevenían cuando fui a verlo—. No lo toques, tiene un demonio —aseguraban.

Pedí que me dejaran entrar a la jaula, una vez allí apoyé una mano en el hombro lastimado del pobre tipo que estaba más flaco que un alambre.

—“Señor todo misericordioso, te pido que uses tus poderes para expulsar los demonios de este pecador” —pronuncié en voz alta mirando el cielo.    Entonces lo tomé de un brazo y maniobrando le coloqué nuevamente la articulación glenohumeral que se había luxado. Hablando fácil: se le había salido el hombro de lugar y se lo volví a colocar.

Otro caso muy nombrado fue el de Lázaro (borracho empedernido). Un día que estaba más chupado que la tetas de María Magdalena se desmayó y golpeó la cabeza contra el suelo. Coma etílico: se había tomado hasta el agua de los floreros. Permaneció así durante horas; todos pensaron que estaba muerto. Estaban a punto de enterrarlo dos metros bajo tierra. Pobre hombre… El verdadero milagro fue que llegué justo antes de que eso sucediera…  Lo primero que hice fue pedir a los presentes que por un instante me dejaran a solas con él. Enseguida le puse un pañuelo con alcohol puro en la nariz y se despertó tosiendo. Luego me aseguré de ponerlo de costado para prevenir que se ahogara y toqué con mis dedos la parte posterior de su garganta forzándolo a vomitar, eliminando de esa manera la mayor cantidad de alcohol de su organismo. Como su temperatura corporal había disminuido peligrosamente, lo cubrí con una manta, para evitar así una posible hipotermia. Después de unos minutos, cuando se había apenas recuperado, autoricé que pasaran todos y con convicción pronuncié palabras que despejaran cualquier duda. Dejando en claro mi superioridad, lo puse de pie sujetándolo del pelo, le di una patada en el culo y ordené en voz alta:

—Lázaro: levantate y andá.

Curé empachos, culebrillas, conjuntivitis y otras cosas por el estilo. Cada ocasión fue un milagro para la comunidad ignorante.

Después de que enseñe a mis discípulos el sistema de pesca con redes, y estos a su vez la expandieran por todos lados; después de eso, al multiplicarse la cantidad de pescados, la pesca, se convirtió en la principal actividad comercial. Los comerciantes me adoraban. Los clientes me querían. Ya estaba llegando a la parte final del plan.  Había logrado que la gente me siguiera, confiara y obedeciera ciegamente; solo debía impregnarles valor y se atreverían a derrocar al imperio. Decidí no cambiar el discurso, sino seguir invocando a Dios, pero metiendo cizaña contra los ricos: “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que el un rico entre en el reino de Dios”. Así como de a poco les fui induciendo un amor incondicional hacia el Todopoderoso, comencé a inyectarles odio contra los ricos. Que los odiaran desde lo más profundo de sus entrañas, para que tomaran ese sentimiento como escudo y por fin se sublevaran, se rebelaran a vivir como esclavos. En los últimos discursos había convocado multitudes. Estuve realmente cerca de lograrlo, me faltó muy poquito. Días quizá… La revolución estaba a punto de armarse… Pero un traidor entre mis doce discípulos impidió que llevara a cabo mi plan.

El tema es que nunca pensé que sería la última cena. Si hubiera tenido esa certeza otra habría sido la comida. No sé… Una lasaña, o mariscos, o gambas al ajillo. Y habríamos tomado mucho más vino. Con la presencia de mujeres seguramente. De haber sabido; otra hubiese sido la historia.

La dichosa cena la organicé yo. Sí, yo mismo me cavé la fosa, o mejor dicho, me clavé la cruz. Mis discípulos se habían creído, como todos, el verso del Dios todopoderoso, la fe, la oración y tantas otras cosas. Ellos fueron los doce tipos que más convencí con mi palabra. Por eso los elegí, porque los consideraba fieles como un perro. Y también por eso les confié mi verdadero propósito: ANARQUÍA.

Unos días antes comencé a planificarla. Bah, en realidad le pedí a Pedro que se encargara. Desde que lo había nombrado mi sucesor no hacía otra cosa que intentar quedar bien conmigo. Se preocupaba de que no me faltara comida, de comprarme sandalias y túnica nuevas después de cada gira por los diferentes pueblos aledaños;  inclusive me escribió un par de discursos. Las famosas “bienaventuranzas”, en realidad, son obra de él. Aprovechaba sus esfuerzos para congraciarse conmigo y yo descansaba un poco.

—El jueves a las nueve de la noche en el Cenáculo. Están todos avisados —me confirmó dos días antes. Era muy eficiente.

Quería aprovechar porque sería la primera cena en donde los tendría a los doce juntos. Nunca lo había logrado antes, siempre a último momento se bajaba alguno. Por primera vez desde que los nombré mis apóstoles estaban todos presentes en una cena. Entendí oportuno entonces comenzar con la parte final del plan. Iba a ser muy rápida. Explicarle a la gente que era el noventa y nueve por ciento contra un insignificante uno por ciento. Imposible perder la lucha. Es más, bien organizados no tendrían por qué pelear. Era cuestión de convencerlos primero, para luego entrar en acción. Con el agite que podían hacer mis doce incondicionales soldados, en poco tiempo comandaría el ejército más numeroso del mundo entero. Los senté a todos juntos en la parte de arriba, en el suelo, para quedar debajo de las ventanas e iluminados solamente por una vela; ahí nadie nos podía ver desde afuera. Yo me ubiqué en el medio, para que me oyeran con atención.

—Esto somos nosotros —les dije mostrando una jarra llena de vino-. La máxima expresión de la felicidad. Lo mejor de la naturaleza.

Serví lentamente una nueva cosecha de la bebida, roja como la sangre más pura, en un cuenco de madera de cedro. Elaborada con uvas seleccionadas y maduradas para una oxigenación en su tiempo justo. La fermentación del alcohol y la maceración a una temperatura ideal. Aromas intensos mezclados: florales y frutales. Suave y cálido, con taninos dulces muy agradables.

—Este vino es ideal para acompañar la carne o una salsa de tomate —les expliqué—, pero sólo traje pan.

Juan el divino se quejó:

—Hubiéramos comprado algo sabroso con las ofrendas que recibimos ayer —espetó—. Yo podía traer una langosta.

Como les decía, eran incultos, rústicos, no comprendían los placeres genuinos que nos ofrece de la vida. Cómo se va a mezclar semejante vino tinto con pescado… En fin, elegí el pan para mostrarles una parábola, una metáfora más precisamente.

—Este vino tinto, somos nosotros: los seres humanos —ilustré nuevamente—. El máximo exponente de la naturaleza —les repetí.

¿Por qué? Fácil: porque tenemos el don de razonar. Somos únicos, como todos los seres vivientes, pero solamente nosotros poseemos la capacidad de pensar para controlar nuestras emociones y así encontrar la sabiduría. En mi preparación me fui dando cuenta de que a la mayoría de las personas no le interesa pensar para vivir sintiendo placer. Les interesa vivir sin pensar tanto y que otros decidan o dosifiquen sus placeres. Entonces optan por vivir inmersos en una rutina, sin preguntarse si esta es agradable o no. Trabajan para el César o cualquier otro emperador sin preguntarse o pensar por qué. Yo quise enseñarles a trabajar por ellos mismos. Para eso organicé la cena, para explicarles claramente los pasos a seguir.

Luego tomé un pan y les dije:

—Este es el César, que nos va absorbiendo de a poco —y deposité un pan en el cuenco con vino.

Tenía preparado doce porciones para representar a cada uno de ellos. Las fui metiendo de a una en el vino para que lo absorbieran poco a poco y no quedara nada para tomar.

—Los panes -el César y sus amigos- son como  esponjas que  chupan a todos  los trabajadores -el vino- y se emborrachan de placer. Ellos no tienen que esforzarse para conseguir el placer. No, se lo sacan al pueblo, que no hace nada por impedirlo.

Durante varios segundos se observaron en silencio unos a otros.

—Es verdad, ellos no trabajan, y la pasan bárbaro —observó Pedro.

—Claro, trabajamos todos los días y apenas podemos divertirnos los sábados a la noche —advirtió otro.

—Y un rato, porque el domingo a la mañana debemos ir a misa —se quejó alguno.

Empezaron a llegar a conclusiones en voz alta. A hacerse preguntas que nunca antes se habían hecho. A sacar cuentas. A ver extrañas cosas que antes les parecían muy normales: a pensar.

-—¿Y quién inventó las justicia? —preguntó no sé si Lucas o Felipe y se desató una tormenta de ideas.

—¿Y por qué existen los soldados?

—¿Y los emperadores? ¿Desde cuándo están?

—¿A quién se le ocurrió lo del diezmo?

—¿Por qué tengo que trabajar tanto?

—¿Por qué los amigos del César no trabajan como yo?

Comenzaron a surgir los por qué. Se preguntaban exactamente lo mismo que yo veinte años antes. Hasta que Juan hizo la pregunta mágica:

—¿Por qué no nos juntamos todos y gobernamos nosotros?

Yo tenía la respuesta exacta a ese interrogante. Desde que me escapé de mi casa en a temprana edad viví sola y únicamente para preparar esa respuesta. Me faltaba el último tramo para concretarla: PASAR DEL PENSAMIENTO A LA ACCIÓN.

Por primera vez en mi vida sentí que, de una vez por todas, podía enderezar las cosas. Cuestión de contagiar a las personas, de cambiar mi discurso y hacerles entender que no debían creer en un Dios imaginario, tampoco sufrir, sino confiar en la capacidad de ellos mismos. Pero tenían que vivirlo para comprenderlo, para compartir una vida plena. ¡Con la panza llena y el corazón contento! Propuse un brindis por la flamante revelación teórica que nos conduciría a la rebelión en la práctica. Era sólo cuestión de tiempo: instalar primero un nuevo razonamiento y después convertirlo en emoción. Fui a buscar las jarras que tenía preparadas abajo. Bebimos con ganas y los dejé hablar; no hizo falta que yo explicara nada para que ellos terminaran con mi plan:

—Solamente sumando a los de Galilea, Judea, Nazaret y alrededores superamos quinientos a uno cada soldado —”razonaron”.

Ellos, le iban dar un final a mi peregrinación.

Habremos estado conversando una hora más o menos, entusiasmados, contagiándonos valor, cuando de pronto se escucharon ruidos provenientes de afuera.

—Maestro. Maestro.

Era Judas Iscariote que hasta hacía poco estaba con nosotros y se había retirado sin que nadie se hubiese percatado.

—Bajá por favor —gritó cuando me asomé.

Me acompañaron Marcos, Lucas, Pedro y su hermano Andrés. Cuando nos acercamos, Judas me besó una mejilla. Lo siguiente que recuerdo es un montón de soldados rodeándome.

Aquí estoy, encerrado, esperando la muerte.

Me van a crucificar junto a Barrabás.  Simplemente por querer explicar al noventa y nueve por ciento de las personas que trabajaban todos los días para ganar una miseria mientras  que el uno por ciento restante disfrutaba de los placeres de la vida. Solo por poder acceder  a una educación primaria, nada más sin ningún otro mérito. Eso intenté hacerle entender a la gran mayoría y fracasé. A los treinta y tres se me termina la vida… ¿Habrá sido todo al pedo? ¿Alguien podrá, con mi historia, hacer algo importante?

                                                                                                                                             Jesús                    

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