10 PREGUNTAS A PABLO MOURIER

¿Cómo fueron tus inicios en la escritura creativa?

Creo que no hubo un inicio, sino dos, separados por casi cuarenta años en los que me dediqué al humor gráfico y la publicidad. El primero, junto a talentosísimos compañeros del Nacional Sarmiento, que luego se destacaron en la plástica, la crítica y el periodismo: Guillermo Kuitca, Fabián Lebenglik, Alejandro Margulis, Eduardo Desimone. Editábamos una revista literaria, Ayesha, prohibida en tiempos de dictadura. En ella, mi personaje Archibaldo escribía delirantes cartas al correo de lectores. El segundo comienzo fue hace muy poco, cuando redescubrí el inmenso placer de escribir. Desde entonces, todo lo demás quedó en segundo plano. Sospecho que eso también fue una sutil venganza.

 

¿Te inspiró alguna persona o alguna situación en particular?

Escribo y dibujo desde muy chico. No recuerdo como inspiración a una persona o situación, sino a la propia magia de las historias. Al principio, las aventuras de Tintín, Asterix, o las que protagonizábamos en la quinta de mis primos. También la fascinación por lo breve y circular. Recuerdo especialmente un cuento de Cortázar, “Continuidad de los parques”, que fue especialmente movilizador; luego vinieron todos los demás. Y el maravillarme con Borges, Bradbury, Denevi, Papini. Como impulsor de mi vocación, no quiero olvidarme de mi tío y padrino, Carlos Mourier.

 

¿Existe un horario propicio para ponerte a escribir o cualquier momento es ideal?

Para corregir, me gusta especialmente la noche, hay menos interrupciones. Pero escribo a cualquier hora del día, lo más cerca posible de la calle. Para mí, escribir es caminar: lo que veo me sugiere historias, me entusiasman, se imponen, entonces paro y las escribo. Si no las escribo en ese momento, se me olvidan; supongo que volverán a flotar hasta que algún otro las recoja.

¿En qué lugar de tu casa te gusta escribir?

No hay como escribir mirando el techo. Vivo en un edificio centenario, de cielorrasos altísimos, con molduras; así que elijo una tablet y camas, sillones o el piso de pinotea. Pero lo que más disfruto es escribir fuera de casa, en bares de barrio y lugares siempre próximos a la calle.

 

¿Cómo está ambientado tu lugar de trabajo?

Tengo una especial debilidad por los objetos antiguos; en ellos hay historias que sugieren otras, estando cerca es casi imposible no contar. Más allá de eso, mi estudio es bastante caótico y desordenado… otra buena razón para escribir en cualquier otra parte.

 

¿Cómo surgió la idea de “Venganzas sutiles” y en qué te basaste para escribirlo?

Surgió de una serie de cuentos que en determinado momento mostraron un hilo conductor: esos giros inesperados que lo cambian todo en un instante. Nada termina siendo como suponíamos. Veo allí sutiles venganzas de eso que nos excede y no podemos controlar. No estoy seguro, pero tal vez Venganzas sea un libro de transición entre el humorista gráfico y el escritor; una amiga detectó en los cuentos el mismo mecanismo de los “chistes”, ese quiebre rotundo o giro final que provoca la sonrisa. Con el ejercicio de escribir, tal vez ese cambio de plano sorpresivo no sea tan marcado en próximas obras.

 

¿Qué estás leyendo por estos días?

La sinagoga de los iconoclastas, de Rodolfo Wilcock.

 

¿Cuáles son tus autores preferidos?

Me hubiera encantado ser Neruda o Cortázar. Admiradísimos, también Borges, Bradbury, Wilde, Poe.

 

¿Qué autores recomendarías leer?

Los de la respuesta anterior. Volvería a ellos una y otra vez.

 

¿Existe algún libro famoso que te hubiera gustado escribir?

Cien años de soledad. Y hasta la última página de cada Cortázar y Borges.

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