SIEMPRE EMPUJA TODO

 

Al contario de muchas novelas actuales que, preocupadas por competir con las series de Netflix (no desvalorizo las series, pero una serie televisiva es eso y para eso ponemos Netflix, un libro o novela es otra cosa), al contrario de muchas novelas actuales, entonces, que empiezan con una situación límite o shockeante que busca instalar una tensión que, la mayoría de las veces, no pueden sostener, Biedma inicia Siempre empuja todo con serenidad, sin prisas, como haciendo honor al título de su novela anterior Además, el tiempo. No por esa serenidad renuncia a la intriga, claro, aunque son intrigas que se tejen con paciencia, en torno a la memoria: las decisiones desconocidas de una esposa con la que compartió muchos años, los actos realizados o imaginados, deseados, quizá, aunque también rechazados, y a la situación presente del protagonista frente a la actitud de una chica de edad incierta que toca el piano.

La captación del televidente o lector en las series de Netflix o en las novelas que las emulan, funciona, por lo general, con un encadenamiento de situaciones límites o shockeantes; Biedma, en cambio, nos arrastra de otra manera, con la belleza de su prosa pródiga en imágenes y olores, en situaciones que nos sumergen en esa atmósfera de balneario de la costa atlántica argentina; nos arrastra hacia esa soleada placidez y, también, hacia las profundidades; porque la novela se plantea preguntas vitales que al principio aparecen casi con ingenuidad: ¿hasta cuándo se puede desear? ¿Hasta cuando corresponde desear? ¿Qué puede desearse y qué no? Aparece la antinomia mente-cuerpo. Creo que fue Javier Villafañe quien dijo, y si no fue así tampoco estaría mal adjudicarle el comentario, algo como: “soy un joven de veinticinco en el cuerpo de un viejo de setenta”. ¿Hay un momento de la vida en que sólo nos queda la memoria, los recuerdos? ¿Un momento en que hay que empezar a aceptar el final? Porque en “Siempre empuja todo”, la muerte está presente a cada momento, como pasado y futuro; muerte de las cosas amadas, muerte del propio cuerpo, agonía de la mente y, sobre todo, de la memoria. ¿Qué pasa cuando la memoria comienza a deshilacharse? En algunas ocasiones, frente a algunos eventos del pasado, puede ser una ventaja, ¿o no? ¿O es que de algunas cosas no hay escapatoria? “La literatura discute los mismos problemas que discute la sociedad, pero de otra manera, y esa otra manera es la clave de todo.”, dice Piglia en Los sujetos trágicos (Literatura y psicoanálisis), y creo que esa discusión está patente en la novela, principalmente en relación al deseo, y, muchas veces, su ceguera, y la muerte.

Biedma nos sumerge en la historia de Rubén quién, quizá en el intento de rescatar aquello que en su vida y su memoria se hunde, decide pasar unos días en el mismo balneario en el que lo hacía años atrás, con su mujer y su hijo. Es una historia que vista desde afuera podría resultar vana, intrascendente pero, como dice Gonçalo Tavares, Me pasa de todo y cada acontecimiento es individual y privado, nadie lo vio, nadie me ve. Esos acontecimientos pueden ser dramas íntimos, como la mayoría de los dramas, hasta que desbordan y se vuelven fatales, involucran a los demás no sólo imaginariamente. La muerte es la posibilidad de todas las posibilidades, suele decirse, y está escondida detrás de la conversación que podemos tener con cualquier persona.

A diferencia de esas series de Nétflix o novelas que las emulan, que nos arrastran un capítulo tras otro pero que, al final, nos dejan con un sabor a estafa, a trampa, a diferencia de ellas, Siempre empuja todo nos hace pensar, y mucho.

 

Sebastian Grimberg

 

  • Siempre empuja todo
  • Salvador Biedma
  • Eterna Cadencia
  • 96 páginas
  • ISBN 9 7 8 – 9 8 7 – 7 1 2 – 1 4 8 – 3
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