ARCHIVO – Cuento de Enrique Decarli

Archivo   

…era la primera vez que le pasaba, pero una vez bastaba para que fuera “siempre”.

Aira.

 

El archivo del banco es largo. Es oscuro: una lámpara ubicada cada veinte metros. Dividido en pasillos formados por anaqueles, acumula expedientes amarillentos y llenos de polvo; algunos, comidos, tal vez por las ratas, o destrozados.

Marcial se detiene bajo una lámpara y lee, e intenta memorizar, en el papelito que le dio el gerente de archivo, la carátula del expediente. Es un apellido raro, que él relaciona con Tchaikovsky, y pronto la olvida. Dobla a la derecha y frente a él se abisma otro pasillo de anaqueles fundidos hasta la oscuridad. Las luces instaladas cada veinte metros se alejan convertidas en una única línea ocre que en un punto se apaga.

Los pasos de Marcial resuenan en varios pasillos, a izquierda y derecha, y la sensación es que alguien lo acompaña, en la búsqueda (o en otras búsquedas). Basta que se detenga para que los otros pasos también se detengan. Igual, se dice. Se da ánimo: no estoy solo. Y empieza a silbar y el silbido se multiplica. A izquierda y derecha.

Una letra y un número identifican los anaqueles del archivo. Marcial comprueba que todavía está lejos del anaquel que busca. El gerente le había dicho: se trata de un expediente muy viejo. Una ejecución hipotecaria. Unos muertos de hambre y el comentario a Marcial le dolió porque sus padres venían de perder una casa a manos de un banco. Pero el gerente también había dicho Dale, movete, qué esperás. Entonces él salió corriendo, tropezando, llevándose un escritorio por delante en dirección a la escalera caracol que baja al tercer subsuelo. Una escalera angosta de escalones altos, finitos y húmedos. Una escalera tan oscura, que cuando Marcial llegó al archivo le pareció muy luminoso, hasta que los ojos se acostumbraron a la penumbra y entendió que, en realidad, no.

Llevaba caminados muchos más metros, quizás kilómetros, que la propia superficie del banco. Al menos esa era la sensación, además que alguien lo acompañaba en la búsqueda. Salvo que él no conociera sino una parte del banco e ignorara esta otra, enorme, y eso podía ser. Al fin y al cabo, Marcial nunca hacía otro camino que desde la puerta de entrada del personal al escritorio, saludando a las mismas personas, de la misma manera, durante dieciocho años.

Había empezado la búsqueda en el anaquel H-1. Una hora después (J-6), apenas tenía adelantado una letra. Revisando algunos paquetes al azar, comprobaría que todos los expedientes estaban caratulados Juárez, Juan: un nombre y un apellido común, cierto; pero parecía una exageración tantos Juan Juárez con problemas bancarios y no solo eso: tantos problemas con el mismo banco.

Juan Juárez, pensó Marcial. Quién sería, en verdad, ese nombre. Y qué problemas habría tenido. Cómo se habrían resuelto. Imposible saberlo sin abrir un paquete, algo descartado por la urgencia del pedido y porque ahora, además, se sentía profundamente cansado y apenas había adelantado dos letras. En el anaquel L-3, los expedientes (los putos expedientes, así dijo Marcial cuando lo comprobó), seguían caratulados Juárez, Juan; entonces consideró justo que Juan Juárez hubiera tenido problemas con el banco, si ya empezaba a tener problemas con él, con Marcial, que nunca tenía problemas con nadie. Entonces consideró justo que el banco le hubiera sacado lo que fuera. El auto, la casa, la mujer, los hijos.

Empezó a correr pasillo arriba, la corbata floja y los dos primeros botones de la camisa desabrochados, gritando, ¡Juan Juárez, Juan Juárez!, pateando, al azar, un expediente cualquiera que rodaba por el pasillo delante de él para revelar otra carátula a nombre de Juan Juárez. Doblaba a la izquierda o a la derecha (lo mismo daba), y, siempre corriendo, en el anaquel C o en el T, pateaba otro paquete de expedientes también caratulados Juan Juárez.

―¡Juan Juárez! ―gritó Marcial. La cabeza de cara al techo y la cara desencajada―. ¡Juan, Mierda, Juárez¡ ―grito Marcial. Las piernas y los brazos abiertos en cruz.

Desde algún lugar se acercaron unos pasos. En una esquina, un hombre salió al pasillo y miró a Marcial de costado.

―¿Juan Juárez? ―preguntó él.

El hombre dio un paso y, sin contestar, desapareció entre los anaqueles.

 

 

Constitución

27 de abril de 2012.