UMA por Gabriela Pisano

Uma

para G.C.

Uma y yo somos mejores amigas. Aunque ella no puede ir por los techos de noche y a mí no me llevan con esa soga en el cuello por el barrio, hacemos muchas cosas juntas. Uno de nuestros juegos favoritos es cuando camino por la medianera, moviéndome de un lado al otro para que me toree. A ella le encanta ladrarme desde piso mientras me paseo por los techos. Pero, desde que empezaron a caer las hojas de los árboles, algo parece haber cambiado. Me di cuenta de que ya no me prestaba la misma atención que antes. Yo bajaba del placard, mi escondite para que no me alcance. Me acercaba despacito, como se acerca el humano más grande de la casa a la heladera de madrugada. Me paraba a su lado, tratando de que no me vea, pasaba la punta de mi cola por su hocico y no hacía nada. No me corría, no me aplastaba con su garra. Lo peor fue cuando la sorprendí durmiendo y me senté en su panza. Me gruñó y todo. Uma es bruta, eso me cansa de ella. Ella no se mueve como yo, ella es torpe. Yo puedo contornear mi cola como las lanas que usa la humana para hacer mantas, en cambio la suya parece un palo de árbol duro.

Más de una vez me pegó con su cola. Me acuerdo de la vez que me había perdido por entre los techos del barrio. Sin darme cuenta entré por una ventanita a la casa de al lado y no pude salir, hasta que la humana vino a rescatarme. Cuando volví a la casa, Uma estaba excitada, correteaba de un lado al otro, me olía, toreaba mirando los humanos, giraba. Su cola también se movía, pero a otro ritmo, contrario a su torso. Fue en uno de esos movimientos que me pegó, se lamentó tanto. La perdoné enseguida, porque era distinto, era porque estaba contenta. Esta vez, en cambio, fue mala, parecía enojada.

Los humanos de casa también estaban distintos. No conmigo, sino con ella. Umita, querés comer, Umita tomá las pastillas, le decían. Y ella en vez de aprovechar la oportunidad de comer uno de esos pedazos de carne con hueso que tanto le gustan, se quedaba tirada, en su manta cerca de la estufa. La verdad no la entiendo, yo me muero porque me traten como la tratan últimamente a ella, lo que daría para que me ofrezcan atún. Pero ella no aprovecha nada. Parece que ya no disfruta.

Lo más extraño pasó una de esas noches en que la luna aún estaba grande y redonda. Los humanos de la casa se reunieron en el patio alrededor de ella. Desde lejos no podía ver bien qué hacían, por lo que decidí bajar del techo y acercarme. Hablaban despacio, como si organizaran algo. Igualito a cuando me quieren llevar a la humana de blanco que te pincha. Pensé que quizás querían hacer eso con ella y fui corriendo a advertirle, pero no me escuchó, ni siquiera se movió. Me dio tanta bronca. Está bien, el otro día yo quería jugar y ella no, eso lo entiendo, pero ahora le estaba diciendo que se prepare, que es posible que la lleven a la humana de blanco que te pincha. No se inmutó. Ni siquiera me miró, seguía ahí, petrificada. Me fui ofendida. No estuve ni dos segundos en ese lugar y decidí irme. Me la pasé girando por los techos. Estaba muy enojada como para compartir el sillón con ella.

Volví cuando salió el sol, me desperecé mucho más que otras veces. Necesitaba estirar mi cabeza para atrás y extender mis patas delanteras lo más lejos de mi cuerpo. Quería verla y mostrarle lo enojada que estaba. Por eso llegué temprano, porque es cuando nos dan la comida y tenemos que vernos sí o sí. Piedritas de pescado y verdura me dan. Ella come otras piedritas, a mí no me gustan. Tenía todo planeado, iba a entrar, seguramente ella ya estaría comiendo, porque no se aguanta ver la comida y no comerla. La miraría de costado, mostrándole que no me importa. Eso la saca, ella siempre necesita atención, mía, de los otros.

Pero cuando entré, no estaba. Faltaba su plato de comida. La busqué. Busqué su manta, el hueso falso que tiene. Por fin, en el sillón, medio escondida, encontré su pelota. Con mis garras la saqué de ahí y empecé a moverla, quizás cuando escuchara que estaba jugando vendría corriendo a robármela. La única que vino es la humana que me da comida, agarró la pelota.

-Encontraste el juguete de Uma, ¿vos también la extrañás?

Es todo tan raro. Nuevamente la luna está grande y redonda. Y a Uma sigo sin encontrarla. La busco y nada. Mis amigos de la zona dicen que no la vieron por el barrio. Arturo, que vive en la esquina, me contó que solía verla pasar, atada con esa soga que le ponen para que no corra, y le llamó la atención que hace muchas caídas de sol que no la ve. Budín, que siempre está al lado de la casa, dice que la busque en el patio, que él la huele ahí. Pero yo no la encuentro. No tengo ninguna novedad sobre ella. Sobre mí, sí. Estoy perdiendo pelo. Escuché que decían la palabra “estresada”. Y que me iban a llevar a la veterinaria. Creo que así llaman a la humana de blanco que te pincha. Así que, yo que odio ir, estoy contenta con eso. Quizás allí encuentre a mi amiga.

 

Gabriela Pisano nació en Laprida, provincia de Buenos Aires en 1985. Ahora vive en la Ciudad de Buenos Aires. Es licenciada en Sociología y Profesora. Si bien incursionó en muchas expresiones artísticas -teatro, coro, narración oral- es la literatura su pasión desde niña.

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