VISITAS por Laura Galarza

Visitas

de Laura Galarza (*)

 

 

Sentados a la mesa están mamá, papá y vos, que para entonces debés tener entre ocho y nueve años. También Román, que debe tener como diecisiete, pero es como si tuviera menos. Porque en el instituto de tu mamá los chicos por más que sean grandes siguen siendo chicos, eso lo fuiste entendiendo. Ella entró a Román empujándolo por la espalda porque se agarraba del marco de la puerta y hacía palanca. Román es de hacer esas cosas. Ahora mientras están sentados alrededor de la mesa, se ríe y ves sus dientes grandes y separados, la nariz como de plastilina y que vos te imaginás aplastada. Tu mamá termina de servir los ravioles en cada plato menos en el de ella y se sienta al lado de Román, le acaricia la cabeza. Tu papá está inquieto como cada vez que tu mamá trae a los chicos a comer, se mueve en la silla, mordisquea el pan y hace bolitas con las migas. Trata de no mirar, pero mira igual. Levanta la vista y la vuelve a bajar. Los ravioles forman una montaña en su plato. Y a vos la cebolla de la salsa te parece que pueden ser pedacitos de vidrio anaranjado. Lo mejor es que hoy ella no va a insistir con que comas porque se ocupa de Román. Pincha un raviol, con la otra mano le hace abrir la boca, después se la cierra y lo tiene de la pera hasta que traga.

De repente es como si el mundo se congelara. Sabés cómo es eso, porque primero lo sentís en la panza, un nudo. Después es la voz de tu papá. ¿Me querés decir para qué mierda traés a estos pibes a casa? Esa voz cruza la mesa. Y te alcanza. Ella deja de hacer lo que hacía: No hables así delante de los chicos. Román tiene su tenedor apuntando al techo, un hilo de baba le cae desde la boca. Y qué si no entienden un carajo, sigue la voz que ahora también es un puño que golpea la mesa y hace saltar todo, platos, vasos, cubiertos.  Después él se levanta, sale de la cocina y en el living prende la televisión. Vos quieta. Sabés que es eso lo que tenés que hacer. En cambio Román empieza a moverse, se hamaca y cada vez que va para atrás da la cabeza contra la pared. Primero despacio, después más rápido, no para, no para. Llora bajito. Vos pinchás un raviol y lo tragás entero. Sentís cómo baja por tu garganta, un tubo seco.

Cada medio día, tu papá te espera a la salida del colegio y después buscan a tu mamá por instituto. Él te hace bajar a vos. Decile que se apure. Entrás, vas derecho a la dirección donde ella se sienta detrás de un escritorio lustrado, entre dos mástiles. Sin entrar, desde la puerta, le avisás y volvés rápido otra vez al auto concentrada en no mirar a los costados, a todos esos chicos que hay en la galería parecidos a Román. De formas raras, de piernas muy cortas o muy largas, con caras estiradas o muy apretadas, en sillas de ruedas o revolcándose en el piso. Que gritan. Que estiran los brazos cuando vos pasás queriendo tocarte. Y vos corrés.

A Román a veces te lo cruzás en el centro. Anda solo, con una bolsa en la mano. En cada negocio algo le regalan y él lo mete en esa bolsa que vos sabés, tiene pedazos de pan duro, papeles y muñecos descuartizados. Cuando te ve, se pone a gritar. Lo ves venir con su cuerpo moviéndose como una gelatina y te abraza, te aprieta, y vos, adentro de él. Dura. Rezás, no me toca, no me toca, no me toca. Una vez lo viste tirado en el piso con los ojos para atrás. Fue a la salida del instituto, las maestras lo rodeaban, quisiste mirar pero tu mamá vino y te sacó de un tirón. Esa vez Román estuvo internado y lo fueron a ver. No te dejaron entrar, pero desde la puerta alcanzaste a ver ese tubo verde que salía de su boca, la piel blanca cubierta de cables.

Después de comer tu mamá te dice que lleves a Román a jugar a tu habitación. Agarralo y vayan. Vos obedecés. Subís la escalera y lo llevás, escuchás cómo respira. La mano de Román, resbalosa por el sudor, es tan grande que envuelve la tuya.  Llegan a tu habitación rosa. Rosa la cama, el placard, el acolchado. Te das vuelta y Román está tan cerca que llegás a ver bien esos pelos duros debajo de la nariz. Le preguntás a qué querés jugar, como hacés con todas las visitas. Pero la voz de tu mamá grita que lo vinieron a buscar. Entonces corrés por la escalera aunque te lo tienen prohibido. Él queda allá y tiene que subir tu mamá a buscarlo. En el palier la madre de Román camina en círculos. Ese vestido que lleva, tu mamá se lo pondría para una fiesta. Cuando te ve, deja de caminar y se acerca. Qué linda que estás, tan grande. Los anillos fríos en tu cachete, su perfume. Te zafás y vas con tu papá a ver la televisión. Te acurrucás en ese hueco entre él y el apoyabrazos. La mujer los mira y sonríe. Los ojos brillantes. Cuando escucha los pasos que bajan la escalera, se da vuelta. Román la abraza como a vos cuando te encuentra en la calle. Es más alto que ella. Empieza a saltar y la casa tiembla. Ella lo agarra de los brazos, tu mamá desde atrás le habla despacito, como hace con vos cuando te explica algo. Y Román se calma. Entonces ves llorar a esa mujer, cómo se ataja las lágrimas con los dedos. Tu madre le rodea los hombros y salen. La acompaña por el jardín de adelante hasta la calle. Román las sigue dando saltos un poco más atrás.

 

(*) Laura Galarza nació en Buenos Aires en 1968. Es psicoanalista y crítica literaria. Fue docente universitaria en la Facultad de Psicopedagogía y Psicología de la Universidad del Salvador. Formada en el taller de Guillermo Saccomano, varios de sus cuentos han sido publicados en antologías y revistas literarias. Fue finalista del premio Cosecha Ñ 2010, de España, entre otros concursos literarios. Asesora al módulo de la EOL – Escuela de Orientación Lacaniana-. Trabajó para el suplemento cultural “El subsuelo”, del diario El Popular, de Olavarría donde pasó su niñez y adolescencia. Es colaboradora permanente del suplemento Radar, del diario Página 12. Coordina talleres literarios. Cosa de nadie es su primer libro de cuentos.

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