MAMÁ de Félix Bombarolo

Mamá

de Félix Bombarolo

 

Un sonido agudo se mete en el vacío de la noche en busca de cobijo.

Es un sonido gutural, animal. Quien lo emite pudiera ser un gato, o un raro pájaro nocturno; pero no: se trata de un niño, de un niño que llama o que sueña o se queja; difícil distinguir el sentido último de aquello que perturba tibiamente la cadencia muda de la madrugada.

El sonido se convierte en grito. Pero no se trata, al parecer, de un grito de espanto, de dolor, de desesperación. No es un grito que asuste. Parece más bien un llamado distante, sereno, seguro. Un llamado que agrieta el silencio opaco de una noche sin luna y se hunde en el patio central de una vieja casa escondida en el corazón de la ciudad.

El grito parece forjado en una zona imprecisa ubicada entre la conciencia y el sueño de quien grita. Una zona difícil de situar en general, pero más difícil aún si quien emite el grito transita un mundo que desconoce casi por completo, guiado por su instinto y por dos o tres habilidades que ha aprendido en algo más de un par de años de existencia.

Se trata de una palabra, ahora sí se distingue; una palabra que surca la nada y se pierde entre los rincones de la casa sin que nada se altere. ¿Ninguna consecuencia provoca la palabra dicha? ¿Qué sentido tiene decir, si nada cambia? Nada con vida se ha movido a causa del sonido agudo, del grito apagado que recorrió las dos habitaciones de la casa, el baño, la cocina. El sonido ha quedado girando como un trompo alrededor de ese patio sin plantas, rebotando un instante fugaz entre paredes con revoques despedazados, persianas oxidadas y un piso de baldosas calcáreas cubierto de polvo y cigarrillos a medio fumar.

¡Mamá!

El grito se reitera pero esta vez más fuerte, más intenso. Sobre una desvencijada cama de hierro se apoya un colchón de espuma; sobre el colchón, una sábana arrugada envuelve una parte del torso del niño que grita. El niño transpira. Tiene los ojos entreabiertos. Se mueve de un lado al otro del colchón provocando un ligero crujido de hierro contra hierro. Crujido y grito se funden al silencio sin que nada suceda. Se oye el rugir distante de un tren que transita a varias cuadras de la casa, del patio y del niño; probablemente el primer tren del nuevo día. En el patio huele a menta y a cedrón, a hierba húmeda, a pis de gato; sobre la suciedad del piso de baldosas hay una pelota de goma desinflada, percudida y quieta.

Entre un movimiento y otro, el niño se cruza con su oso. Es un oso marrón pero no es peluche, probablemente paño, probablemente haya sido esponjoso y de un color brillante alguna vez, pero ahora luce apelmazado, arratonado, como un trapo con ojos y nariz, como un desecho. Cuando encuentra al oso, el niño entorna sus ojos y descubre la soledad en la que se encuentra. Se aferra al oso de inmediato. ¿Sabe algo el niño, acaso, sobre la soledad? ¿La descubre esa noche?

El siguiente alarido es más intenso, poderoso, y mientras se pronuncia, el niño hace un esfuerzo y abre un poco más los ojos, que se exhiben ahora con un brillo de luciérnagas en medio de esa habitación de techos altos y pisos de madera. Además de la cama, el paisaje que completa la escena es el siguiente: fragmentos de muñecos mutilados, hojas arrancadas de un libro para pintar, piezas de un rompecabezas; una cajonera de madera sin lustre con tres cajones a medio cerrar, semivacíos, junto a la cama; un vaso de plástico naranja hace equilibro sobre la cajonera, está a punto de caer sobre el colchón de espuma; y sobre la cama él, y en las paredes nada, solo un crisol de restos de pintura descascarándose, como la piel de un lagarto viejo, cayéndose a pedazos, mostrando sus sucesivas vidas: verde hospital, rosa viejo, gris topo.

¡Mamá! ¡Mamá!

El niño abre los ojos por completo y se sienta en la cama. No se lo ve desesperado, pareciera saber que tras el grito hay, más tarde o más temprano, una respuesta. Se ha orinado. El frío del colchón humedecido, o el hedor, o la sensación de desamparo, han provocado su desvelo y el llamado de urgencia. Tal vez esté llamando a quien siempre ha llamado. Tal vez esté llamando con la esperanza de encontrar los brazos y el olor conocidos; o tal vez para que lo saquen de ese lugar en el que lo han dejado abandonado y lo carguen hasta el calor del lecho en donde se siente a salvo. ¿Qué hago en este sitio?, parece preguntarse mientras se destapa, se incorpora en la cama y procura reconocer ese monumental espacio en que se encuentra. Está desnudo. Su oso le cubre medio cuerpo. Intenta alcanzar el vaso naranja pero no lo alcanza. Vuelve a aferrarse al oso. Una luz de baldío ilumina el patio al que dan los dos cuartos; el niño se queda mirando esa luz, esa especie de tiniebla de pantano que distingue a lo lejos. Se queda atrapado en un gesto de angustia, con la vista fija en lo poco que se ve de la pelota, que en esa oscuridad de miedo, brilla. Espera, anudado a su oso con las piernas colgando del colchón de espuma, con sus pies descalzos y sus uñas largas, con su espalda recta, con su pelo castaño revuelto y ondulado cubriendo su frente, con sus ojos redondos, atentos.

Grita nuevamente, pero ya no se aprecia en ese grito ni seguridad ni convicción. Es la tercera vez que llama. ¿Será que nunca antes debió llamar una tercera vez? El grito se repite de manera anodina:

Mamá. Mamá. Mamá.

Nada. O mejor dicho, una respuesta inesperada interrumpe el llamado del niño: un chillido acompasado y latoso comienza a dominar ese mundo de ensueño. El niño se mueve, aprieta su oso y descubre a lo lejos un hueco oscuro que parece reconocer; una mueca de luz ilumina su gesto moreno, una sonrisa leve, sin alegría. Es una puerta, el hueco de una puerta, un hueco que se abre y podría conducirlo a donde quiere estar. Una ilusión: ¿ha descubierto el niño la ilusión?, ¿ha comprendido ya que es la ilusión lo que lo impulsa?

Poco a poco el gesto iluminado cambia de expresión. Mira el hueco y mira el abismo que separa sus pies descalzos del piso de madera, de ese campo sembrado de despojos por el que deberá peregrinar si es que quiere apropiarse de ese hueco que anhela. ¿Ha bajado solo, el niño, alguna vez? Como sea, impulsado por la ilusión, la inconsciencia o el miedo, el niño gira y se recuesta boca abajo con la panza apretada al colchón, con el oso aprisionado entre el colchón y la panza, con sus pies colgando, lejos aún de la madera opaca a la que aspira. Se desliza reptando entre los pliegues de las sábanas húmedas. Moviendo su pequeño cuerpo desnudo y sudado de un lado al otro, el niño llega al piso. Lo ha logrado. Pero no es un festejo lo que sigue; lo que sigue no es un grito, es un estruendo. Un deletreo lento y tembloroso: una eme larga y quebradiza seguida de una a potente; y otra eme y otra a y las cuatro sonando en un tono sin eco, pronunciadas por el niño con su cara pegada al colchón, pronunciadas por quien ha llegado a un lugar desconocido y teme darse vuelta y descubrir aquello con lo que deberá lidiar en ese nuevo mundo. Ya no hay vuelta atrás, parece estar reconociendo en ese grito. Aún no ha dado la vuelta, aún no ha visto aquello que le espera, no sabe nada sobre la prueba que deberá sortear. Grita nuevamente cuando gira; grita con todas sus fuerzas mientras toma conciencia -¿toma conciencia?- de ese desierto oscuro que tiene delante. ¿Sigue esperando una respuesta o es solo un reflejo incontrolable el grito, un modo de espantar el desasosiego y el temor, la desdicha? ¿Sabe ese niño lo que es la desdicha?

¡Mamá! ¡¡Mamáááááá!

Solo, en medio de ese cubo sombrío, rodeado de restos de juguetes y papeles rayados con crayón, en ese páramo de largos listones de madera donde no se ve prácticamente nada, junto a su cama, el niño, sujetado a su oso, mira el hueco negro y parece dudar. ¿Tiene opción? Su gesto se entristece, pero no llora. Quizá haya aprendido a no llorar, quizá llora por dentro pero prefiere no mostrar lo que llora. El resplandor mortecino que ilumina el patio, ahora, es más intenso. Una luz amarilla que viene de algún sitio: ¿la calle?, ¿el vecino de arriba?, ¿alguien prendió la luz de la cocina? La repentina claridad distrae al niño, pero no lo confunde: parece estar seguro del sitio donde se encuentra lo que quiere.

Comienza a andar. Quién sabe de dónde ha sacado valor. Paso tras paso mueve sus piernas rollizas: tambalea, sigue. Pisa con cuidado y avanza. De a poco. Apenas si ve por dónde camina. Entre la penumbra de la noche y la oscuridad de ese piso estropeado, es posible que solo camine hacia el hueco negro guiado por algún reflejo conocido, sin saber qué cosa es lo que pisa, qué tiene por delante. El chillido metálico ha cesado; o no, más bien se ha vuelto casi imperceptible. Hacia él se dirige el pequeño.

En medio de la travesía, debajo de una lámpara de papel que cuelga de una de las vigas metálicas que sostienen el techo, el niño se detiene. Ha quedado varado, a la intemperie, en el centro mismo de ese mundo desolado que habita. Quieto. Rodeado de vacío. Indefenso. Mira hacia atrás, descubre la cajonera y fija su mirada un instante en el vaso naranja. ¿Planea regresar? Parece darse cuenta que su viaje ya no tiene retorno, simplemente voltea unos segundos y regresa la vista hacia el hueco. El grito, ahora, se transforma en rumor:

Mamá.

Parece un rumor de desconsuelo, de congoja, de resignación. Como de quien acaba de enterarse de su desamparo, de que ninguna de las opciones que tiene por adelante le asegura el abrigo, el abrazo. Bajo el enorme mechón castaño que le cubre la mitad de la cara, se abre paso un delgado hilo plateado que se extiende muy lento y recorre su mejilla manchada. ¿Está llorando? Solo muestra retazos de ese hilo que parece escapar del lagrimal izquierdo sin que medie intención, sin que el niño lo sepa. El rugir de otro tren irrumpe en la escena y atrapa al niño, lo saca de ese pozo en el que transitoriamente estaba hundido, lo distrae. Lanza una mirada de ligera esperanza hacia el hueco y vuelve a andar. El niño regresa al camino, desnudo, con su oso adherido a la piel, mirando el hueco.

Al llegar al vértice de la habitación, al lugar preciso en que se encuentran la pared en la que se inserta el hueco y la que da hacia el patio, el niño pisa un juguete provocando un gemido agudo y breve de trompeta obturada; se sorprende, se vuelve a detener. Ha quedado de pie junto a ambas puertas, estacionado en la bisectriz del ángulo desde donde se abren a sus ojos dos opciones: en una, lo espera una pelota de goma desinflada, su pelota, su patio, un patio que huele a hierba húmeda, a rocío de mañana nublada de verano; en la otra, un espacio en el que no se distingue absolutamente nada, un lugar de una negrura espesa, de un silencio adornado, apenas, por el chillido intermitente de un ventilador destartalado que cuelga desde el techo de ladrillo y de hierro, un lugar desde donde llega un aroma pesado, rancio, mezcla de nicotina y sábanas que llevan varias semanas sin lavar. De un lado la luz y su pelota, del otro, la oscuridad y una terca esperanza que parece llegarle de quién sabe dónde. Vacila. ¿Qué decidirá ese niño desnudo, aferrado a su oso? ¿Se inclinará por lo que ve o por lo que intuye? Tiritando, vuelve a pisar el juguete que gime y se mete en ese hueco lúgubre donde parece saber que algo lo espera, que hay alguien que puede consolarlo.

Mamá. ¡Mamá!

Camina y tropieza con ropas y cobijas y escucha ese sonido de lata que llega desde el cielo. Nada distingue. No espera que sus pupilas se dilaten, avanza como quien ya no tiene nada que perder. A poco de andar, se estrella contra el borde de una cama y se asusta. Pero no llora. Su corazón pequeño palpita con más intensidad. ¿Es esa cama lo que andaba buscando? Avanza ahora palpando el filo del colchón, de un colchón que, al parecer, le es familiar. Bordea la cama con el oso atrapado bajo su brazo izquierdo, tomado a la costura del colchón con la mano derecha. Apenas algo de sus ojos y su pelo revuelto sobrepasan la altura de la cama. Mira, y es en ese mirar afanado y nervioso que logra ver algo, un bulto, una enorme sombra inmóvil que lo atrae.

Mamá.

Le habla al bulto con voz maciza. A poco de andar, se encuentra con el pié desnudo de una mujer que sobresale del borde de la cama. No es alegría lo que siente, no parece, no ríe; quizá sea emoción, curiosidad o algo de alivio, acaso. Mueve el pie con su mano derecha buscando respuesta.

Mamá. Mamá. ¡Mamá!

 

El pie se mueve cuando el niño empuja: eso es todo. El niño insiste. La inercia mantiene el pie en movimiento unos instantes mientras el niño lo rodea y pasa; da la vuelta a la cama y sigue con más seguridad por el camino que, al parecer, ya ha recorrido. Transita por el espacio estrecho que queda entre la cama y la pared, y casi al llegar al otro vértice se encuentra ahora, en su ceguera, con un brazo que cuelga. La parte del brazo que encuentra caída: antebrazo y mano. Lo toca, lo aprieta, lo mueve, lo pellizca. Lo acaricia.

Mamá.

Murmura. ¿Intenta acaso no alterar el sueño de la mujer que toca? El niño estira su pequeño brazo y encuentra el cabello de la mujer que yace en esa cama, un cabello rojizo y joven que le cubre los hombros y parte de la espalda desnuda. Se queda un rato parado junto al cuerpo, con su oso, espiando entre las sábanas, jugando con el pelo sin alcanzar a ver aquello con lo que está jugando. El ruido del ventilador se intensifica. El olor con que se encuentra no es el mismo, el que esperaba, el que lleva grabado, pero lo reconoce. Apretado contra ese antebrazo helado, piel con piel, con su mano derecha estirada, de puntas de pie, con la cara pegada al borde del colchón, el niño juega. ¿Querrá acaso quedarse dormido jugueteando con ese pelo suave?

No se sube a la cama. ¿Sabe hacerlo? No ha hecho gestos, no ha intentado siquiera. Con la fricción y el movimiento el oso se ha aflojado, se escurre entre los pliegues del niño. El niño se da cuenta; hace un movimiento rápido y seguro y vuelve a acomodar al oso. Tiene ahora la cabeza apoyada en el brazo que cuelga, cerca del codo, y los ojos entreabiertos y fijos mirando una caja de cartón que está junto a la cama, contra la pared del cuarto. Sobre la caja, un vaso de vidrio, un cenicero repleto de colillas marcadas con lápiz labial de un rojo intenso y una botella. La botella tiene pegada una etiqueta que llama la atención del niño: ¿son sus colores?, ¿o es el reflejo de la escasa luz que llega desde el patio?

La luz se vuelve aún más tenue. Retorna esa penumbra cerrada, penumbra que apenas se distingue desde el rincón donde se encuentra el niño. Mueve los dedos cada vez más lento. El destello lánguido reflejado en la etiqueta plateada y el sonido acompasado del ventilador lo están hipnotizando. ¿Se ha resignado? ¿Qué piensa hacer el niño con el cuerpo entregado al que se enreda, al que se adhiere con esa devoción sin condiciones?

Un minuto después el niño cae. Comienza a deslizarse por el cuerpo tendido, por el brazo que cuelga. Sus párpados se desploman sin remedio, pero el niño resiste. Parece no querer volver al sueño. Se doblan sus rodillas, se separa apenas del cuerpo del oso, se relaja. El pequeño se está desmoronando prendido de ese brazo que cuelga, que está frío, inerte, pero que aún así parece contenerlo.

Allí queda. Sentado en la madera sucia, en ese rincón del cuarto, encogido, enfrentado a la caja de cartón, con su cabeza apoyada en la muñeca húmeda de la mujer tendida, prendido a su mano, junto a su oso, que ha quedado retorcido y atrapado entre su cuerpo, la cama y la mano que cuelga. ¿Se ha dormido el niño, o apenas ha comenzado una vigilia?

La noche, aparentemente inofensiva, continúa como si nada hubiera sucedido. El niño balbucea; está acurrucado, como escondido en ese rincón sombrío y solitario de esa casa con patio.

Balbucea con los ojos cerrados desde una zona imprecisa ubicada entre el sueño y la conciencia.

Balbucea mientras una gota densa y redonda le corta su mejilla manchada, morena.

Mamá.

Mamá.

Mamá.

 

 

mamá