TRIPLE – Cuento de Bruno Gagliardini

Triple

 

El triple salto mortal es el sueño de todo trapecista.

Un imposible que apenas ha sido rasguñado.

A escondidas, con la carpa vacía y la pálida luz blanca,

un nuevo capítulo se asoma lentamente.

Pero para un artista de circo,

la hazaña no se construye hasta que el público no la festeja.

Alfredo y su portor habían establecido un código: si la rutina de todos los días salía perfecta harían una seña al presentador y este irrumpiría en la noche con el gran anuncio. Los trapecios volantes eran el cierre, durante ese acto, el resto de los artistas se preparaba para el saludo final. Pero esa noche fue distinta, nadie se quería perder ese nuevo capítulo en la historia del circo.

La rutina salió perfecta, el público eufórico aplaudía. Alfredo mira a su portor, su portor le devuelve la mirada con una sutil sonrisa. Alfredo mira al presentador y le hace la seña pactada. El presentador respira hondo y se entrega a su labor con el entusiasmo de una primera vez. Todas las noches, con sus palabras, transforma las piruetas en acontecimientos únicos. Esta vez, era cierto.

El latir del redoble enmudece la carpa. Alfredo se hamaca más que nunca. Lo que quiere lograr, queda lejos. Del otro lado, el portor golpea sus manos con firmeza y el polvo del magnesio propone una foto inolvidable. Alfredo y su portor llevan meses buscando, obsesionados.

El trapecio llega a su punto máximo. Las manos de Alfredo se alejan de la barra, y su cuerpo se agrupa dejándose llevar por la inercia de tantos ensayos. Nadie se mueve, nadie respira, los corazones de todos se detienen. Salvo el del portor, que late más fuerte que nunca. Él sabe que está en sus manos, literalmente, atrapar a este ángel y devolverlo a la tierra. También sabe, que el nombre que pasará a la historia será el de Alfredo y que nadie recordará quien fue el primer trapecista en atrapar un triple salto mortal. La historia se pregunta si logrará dejar caer su ego o si su ego, dejará caer a Alfredo.

El primer mortal, de tan perfecto, es casi imperceptible. El cuerpo de Alfredo sigue girando. El segundo mortal se concluye en el punto más alto del vuelo, las luces rebotan en las lentejuelas del vestuario generando un efecto celestial. Para muchos, lo que esta por suceder, solo es posible con una ayuda divina.

Hay una sola persona que está en esa carpa, en ese momento, mirando para otro lado. Es el padre de Alfredo. Por su sangre, Alfredo es quién es y por su sangre, Alfredo está arriesgando su vida. Alfredo lleva apellido de trapecistas. La historia de su familia está llena de capítulos trágicos en la búsqueda del triple salto mortal. Fumando un cigarrillo, en la puerta del circo, el padre de Alfredo espera. Es un parto. Pero esta vez, la señal de que todo sale bien no es el llanto de un bebe, sino el estallido del público en un aplauso eterno.

El portor se balancea, se sincroniza. Todos confían en él, pero él duda. Hay algo que nadie sabe. Al portor le encantaría estar en el lugar de Alfredo. Su altura y su peso, desde pequeño, lo obligaron a ser el que recibe, el que atrapa, el que sostiene. Pero nunca pudo ser el que vuela, el que acaricia el sueño de todo humano.

El cuerpo de Alfredo entra en su tercer giro. La historia, comienza a reescribirse.

El dueño del circo cierra los ojos y comienza a rezar. Él había convencido a Alfredo de que se arriesgue, lo había manipulado con elogios y promesas. Pero la verdad es que el circo estaba en decadencia. En los últimos pueblos la gente apenas se había acercado. Tener el primer triple salto mortal de la historia lo salvaría. Y una tragedia lo terminaría de hundir. El dueño del circo reza, reza sin parar.

El único que está en paz es Alfredo. Él vuela, es lo mejor que sabe hacer. Elegante, preciso, natural. Allí arriba, su cuerpo desafía las leyes de la física y su mente descansa. Cuando Alfredo es trapecista, es libre. Por eso pasa más tiempo en el aire que en el suelo.  Cuando camina se imagina volando, cuando vuela, simplemente vuela.

El circo es gigante y agiganta. Es gigante porque tiene raíces con forma de ruedas. Los nudos con los que se aferra son fuertes pero efímeros. Es gigante porque no se sabe donde empieza y menos donde terminará. Es gigante porque es universal y popular. El circo agiganta la nobleza del payaso, que se ríe de si mismo para hacer reír a los demás. Agiganta la fuerza del forzudo, la flexibilidad de la contorsionista, el equilibrio del equilibrista, los reflejos del malabarista. Agiganta la osadía, los actores actúan el riesgo, los artistas de circo lo viven en carne propia. Agiganta la utopía, esa de volar como los pájaros, volar como los trapecistas.

En el año 1920 Alfredo Codona fue el primer trapecista en la historia en realizar el triple salto mortal. La prensa lo llamó “gloria de poesía volante” y “ángel del trapecio”. Por el contrario, nadie describió la hazaña del hombre que atrapó a Alfredo con manos firmes. Nadie, ni siquiera, recuerda el nombre del portor.

Solo se sabe una cosa: era gigante.

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